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Lunes, Diciembre 11, 2017

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CRITERIOS PARA EVALUACIÓN

 

 CRITERIOS PARA LA EVALUACIÓN DE NUESTROS
PROGRAMAS Y PROYECTOS SOCIALES

 

México con Visión I.A.P. en la constante labor social, debe estar a la vanguardia asistencial, para ello tiene que estar en la capacidad profesional y objetiva de evaluar y monitorear sus actividades a fin de reorientar, mejorar e innovar para poder estar a la altura del reto que implica trabajar por un mejor país. En este sentido, hemos tomado principios básicos de evaluación para implementarlos al interior de la Fundación y ser honestamente capaces de transformar los problemas en soluciones. 

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1.1. Algunos aspectos clave
• Un proyecto social es la unidad mínima de asignación de recursos, que a través de un conjunto integrado de procesos y actividades pretende transformar una parte de la realidad, disminuyendo o eliminando un déficit, o solucionando un problema.
• Los proyectos sociales producen y/o distribuyen bienes o servicios (productos), para satisfacer las necesidades de aquellos grupos que no poseen recursos para solventarlas autónomamente, con una caracterización y localización espacio-temporal precisa y acotada.
• Un programa social es un conjunto de proyectos que persiguen los mismos objetivos, que pueden diferenciarse por trabajar con poblaciones diferentes y/o utilizar distintas estrategias de intervención.

La política social es un conjunto de programas que pretenden alcanzar los mismos fines. Da las orientaciones sobre qué problemas sociales priorizar y define las principales vías y/o límites para la intervención que la política plantea.

Los programas y proyectos sociales, se enmarcan en una política, de la que constituyen su traducción operacional, vía asignación de recursos que permite su implementación. La evaluación permite tomar decisiones a través de la comparación de distintas alternativas.
Tanto en la vida cotidiana como en los proyectos, en general, sean estos sociales o productivos, públicos o privados, se requiere de la evaluación para adoptar decisiones racionales.

El significado de la evaluación difiere según la etapa del ciclo de vida del proyecto en la que se la utilice. Si es durante la formulación, proporciona los criterios de decisión para aceptar un proyecto específico u ordenar las alternativas consideradas en función de las relaciones existentes entre sus costos e impacto (o beneficio).
Si se la aplica durante la operación o, inclusive, habiendo ésta concluido, permite determinar el grado de alcance de los objetivos perseguidos, así como el costo en que se ha incurrido. Así, formulación y evaluación son dos caras de una misma moneda. Un proyecto no se puede formular a menos que se sepa cómo se lo va a evaluar, porque sólo a partir de la metodología de la evaluación es posible determinar cuál es la información que se debe recoger para su formulación.

Por otro lado, la evaluación ex-post (durante o después de la implementación del proyecto) permite reorientar la operación, adecuando el diseño realizado o adaptándola a las condiciones cambiantes del contexto. Asimismo posibilita aprender de la experiencia.

La evaluación, entonces, sirve de marco de referencia para la formulación de un programa o proyecto, permitiendo medir los costos y el impacto (o los beneficios) del mismo, así como las relaciones existentes entre ambos.

1.1.1. Definición de Evaluación
Una función que consiste en hacer una apreciación tan sistemática y objetiva como sea posible sobre un proyecto [por realizarse] en curso o acabado, un programa o un conjunto de líneas de acción, su concepción, su realización y sus resultados. Se trata de determinar la pertinencia de sus objetivos y su grado de realización, la eficiencia en cuanto a la acción social, la eficacia, el impacto y la viabilidad. Una evaluación debe proporcionar unas informaciones creíbles y útiles, que permitan integrar las enseñanzas sacadas en los mecanismos de elaboración de las decisiones.

1.1.2. Características y Funciones de la Evaluación
En general, la evaluación puede definirse como una herramienta sistemática que, con base en unos criterios y a través de unas técnicas, mide, analiza y valora unos diseños, procesos y resultados con el fin de generar conocimiento útil para la toma de decisiones, la retroalimentación, la mejora de la gestión y el cumplimiento de unos objetivos.

Las principales características de la evaluación son:
• Carácter útil y práctico: La evaluación ha de servir para la mejora de la intervención y debe ser concebida hacia la acción.
Sistematicidad durante todo el proceso de evaluación: Toda evaluación ha de recoger de modo sistemático la información pertinente para la valoración de los criterios de evaluación.
• Necesidad de flexibilidad: Sistemáticamente, la evaluación, ha de primarse la flexibilidad metodológica a lo largo de todo el proceso de evaluación.
• Ajuste a los plazos temporales: La evaluación tiene que responder a los plazos temporales acordados con el fin de que pueda contribuir al aprendizaje y la mejora de la intervención.
• La evaluación se centra en el análisis de políticas, planes, programas y proyectos; nunca de personas.
• Emisión de juicios de valor: La evaluación exige el análisis valorativo de los componentes estudiados.
• Realización antes, durante o con posterioridad a la ejecución: Se trata de una actividad que puede llevarse a cabo en las distintas fases del ciclo de las intervenciones.
• Variabilidad del objeto de evaluación: La evaluación puede estar referida al diseño de una actividad, a los procesos de ejecución o a sus resultados y efectos, previstos o no previstos, priorizando uno u otro enfoque según la finalidad del trabajo.
• Criterios de evaluación: En la evaluación se revisarán la eficacia, la eficiencia, la pertinencia, el impacto y la viabilidad entre otros componentes.

Por otra parte, todos los que toman decisiones -ya sean personas o entidades- tienen la preocupación y -por lo tanto- la necesidad permanente de asegurarse que sus decisiones son las adecuadas en cada momento y lugar; así como, que una vez tomadas las decisiones, éstas dan los frutos esperados/necesarios. En el momento en que esta preocupación se expresa y se instrumenta, lo que ocurre normalmente cuando las entidades alcanzan un cierto grado de complejidad, nos encontramos ante la evaluación o, expresándolo de manera más precisa, ante los procedimientos de evaluación de una entidad determinada.

Como consecuencia de lo anterior, la evaluación debe llevarse a la práctica como herramienta imprescindible de cualquier ciclo del proyecto de acción social que se pueda concebir; ya que no puede imaginarse un ciclo de gestión que no considere el tomar las mejores decisiones posibles, para de esta manera asignar adecuadamente los recursos disponibles y utilizarlos de la forma más adecuada una vez asignados.

En este sentido, tres son las principales funciones de la evaluación:
I. La retroalimentación o mejora (improvement) de los proyectos o acciones ejecutadas o en ejecución, II. El aprovechamiento de las experiencias del pasado para actividades futuras (enlightenment), y III. La rendición de cuentas (accountability) hacia los financiadores, la opinión pública y todos aquellos implicados en los procesos de acción social.

Estas tres funciones pueden ser resumidas en un criterio general: todas las evaluaciones deben ser de utilidad para la organización, en alguno de sus niveles así como contribuir al aprendizaje sobre programas y proyectos dentro de la organización.

De igual modo, como hemos señalado una de las funciones de la evaluación o el proceso de la evaluación es la de servir para tomar mejores decisiones de lo que se haría si no existiera esa evaluación singular o ese procedimiento. Para que sea efectivamente útil y utilizada, una evaluación debe:

I. Poseer un diseño flexible que permita introducir modificaciones en los instrumentos de recopilación y análisis de la información en caso de que la situación así lo aconseje.
II. No ser considerada sólo como una parte del ciclo del proyecto, sino como una actividad que guía la identificación, la formulación, la ejecución y el seguimiento. En resumidas cuentas, todas las actividades deben ser diseñadas y llevadas a cabo suponiendo que serán evaluadas.
III. Tener un carácter explicativo, estableciendo relaciones de causalidad, sin quedarse en meras descripciones de la realidad.
IV. Satisfacer las necesidades de información de todos los implicados, lo que supone una total transparencia en cuanto al acceso a los datos necesarios.
V. Tener un coste que esté en consonancia con el del proyecto o la acción evaluada.
VI. Proporcionar resultados a tiempo y oportunamente, de tal manera que sus conclusiones se puedan aplicar dentro de un espacio razonable de tiempo y en el ciclo vital del proyecto o de la planificación.

Como criterios fundamentales de la evaluación, junto a la utilidad y la aplicabilidad es necesario añadir el rigor, ya que esto determina la credibilidad de las conclusiones. Se deben elegir muy cuidadosamente los procedimientos de recopilación de la información, las metodologías utilizadas y el personal encargado de su realización, y se debe ser explícito en todo momento acerca de la calidad y fiabilidad de los datos empleados. Sin embargo, esto no quiere decir que sea necesario buscar una validez estadística intachable en todos los casos, sino que es conveniente que exista un consenso entre los implicados principales acerca de la calidad de la información conseguida.

Para que una evaluación pueda cumplir esa condición sine qua non razonablemente se ha de suponer que se deben dar al menos las siguientes circunstancias:

I. Que en los procedimientos de gestión de las partes implicadas en el proyecto y con capacidad de decisión en él, así como en la propia gestión del proyecto, existan los procedimientos operativos para introducir los eventuales cambios y asimilar las enseñanzas que la evaluación recomiende, en el primer caso, y, en el segundo, se haga patente. Parece claro que si no existe la posibilidad de introducir cambios en el diseño y/o en la ejecución del proyecto o se carece de la capacidad para interiorizar los aprendizajes, no sería de ninguna utilidad los resultados de una evaluación.
II. El procedimiento de evaluación previsto debe formar parte del procedimiento de gestión habitual del proyecto; no debiéndose contemplar como una intervención foránea o extraordinaria. Todo proyecto, salvo razones muy poderosas en contra y que se deben explicitar, debe ser objeto de un análisis evaluativo. Las características de esta evaluación deberán obedecer a nuestras necesidades y posibilidades.
III. Debe producir resultados significativos. Es decir, debe esforzarse en mostrar causalidades, superando el nivel de la mera descripción de un estado de cosas o de la correlación.

Una evaluación debe ser capaz de identificar porqué determinados acontecimientos han sucedido, sucederán o están sucediendo. Obviamente este es un ejercicio arriesgado, pero el componente interpretativo/predictivo es imprescindible. Simultáneamente, debe informarse en la misma evaluación de los niveles de certidumbre y de los criterios interpretativos con los que se ha construido la evaluación.
IV. Que responda a las necesidades de todos los implicados, especialmente de aquellas personas e instituciones que directa o indirectamente participan en la evaluación; ya sea facilitando información, procesándola, analizándola... Todo aquél que participe activamente en una evaluación, discuta y facilite información y juicios en el marco de una evaluación debe obtener un adecuado retorno, pues esa es la mejor manera de asegurar la calidad de las fuentes utilizadas. La necesidad de que la evaluación produzca resultados útiles para todos los implicados, lógicamente, entre ellos deben estar las personas beneficiarias, exige que los hallazgos de evaluación se presenten y cubran distintos aspectos de acuerdo con la utilización que le vayan a dar los receptores de la evaluación; en resumidas cuentas, les debe de servir para tomar sus propias decisiones dentro del marco del proyecto. En este sentido carece de sentido hablar de evaluación participativa sin que exista una gestión del proyecto participada.
V. Los costes monetarios y no monetarios asociados a la evaluación, dentro de los que es preciso incluir los del seguimiento, deben estar en consonancia con los costes del proyecto evaluado. No parecería adecuado que un proyecto consumiera la mitad de sus recursos en el seguimiento y la evaluación.
VI. La evaluación debe suministrar sus resultados a tiempo, cuando sus hallazgos puedan utilizarse, cuando aún es posible hacerlo, para tomar las decisiones sobre los temas que ilumina.

Con relación a los puntos anteriores referidos a las características ligadas a la utilidad de una evaluación, considera que el enfoque estándar, es decir, un enfoque rígido y universal apropiado para todas las evaluaciones, ha sido (más bien debería decirse que debe ser) reemplazado por la utilización de diversas técnicas y fuentes para satisfacer a la variedad de cuestiones relacionadas con la gestión.

Abundando en esos temas, indica de manera específica que las encuestas por muestreo representativo, tradicionalmente consideradas el máximo ejemplo de rigor en la recogida de información, deben ser sustituidas o completadas por técnicas menos representativas, de menor coste y más rápidas; subrayando específicamente la utilización de:

I. Documentación administrativa. Mediante un simple pero cuidadoso diseño esta documentación puede ser usada para apreciar los progresos y costes del proyecto; así como, también puede utilizarse, en el caso de proyectos que suministran servicios, para recoger información básica y socioeconómica sobre los usuarios.
II. Encuestas con pequeñas muestras. Muestras de menos de 100 sujetos, más baratas, pueden proporcionar información sobre el acceso a servicios y su aceptación.
III. Indicadores indirectos. Suficiente información puede reunirse mediante la utilización de este tipo de indicadores con un coste menor.
IV. Información procedente del estudio en profundidad de las personas beneficiarias.


La experiencia extraída de los proyectos muestra de manera reiterada que sus fracasos son debidos con frecuencia a la no comprensión de las percepciones de las personas beneficiarias. Para superar estas incomprensiones la utilización de la observación participante, informadores claves, reuniones comunales... son procedimientos baratos y que producen una rápida retroalimentación.

1.2. Ética, Política y Calidad en Evaluación
En los últimos años se le ha prestado mucha atención a las cuestiones éticas relacionadas con la evaluación. Esta preocupación, como es lógico, ha sido paralela al reconocimiento del carácter político de la evaluación y, por lo tanto, al poder que ésta puede tener y a la necesidad de que el equipo evaluador interactúe en el contexto en el que debe intervenir.

Muchos de los más recientes manuales en evaluación de programas y políticas contienen un capítulo específico en cuestiones éticas.

Otro indicador de esta preocupación ética es la existencia de códigos deontológicos, elaborados por las asociaciones profesionales, que en algunos casos, tienen ese objetivo implícito incluso en el título que les han dado “Orientaciones para una actuación ética”, es a la vez, un indicador y un elemento generador de una mayor consolidación institucional y profesional de una disciplina.

Profesiones fuertemente consolidadas desde hace tiempo (como son la medicina, la abogacía o la arquitectura) o más recientemente (psicología) han desarrollado este tipo de códigos. Además de fomentar un sentido de pertenencia e identificación entre los/as profesionales, acotan y regulan la práctica profesional entre sus respectivos campos.

Un aspecto de enorme trascendencia y especialmente característico de los códigos deontológicos es que permiten la introducción y desarrollo de los temas éticos, que resultan clave en la práctica de la evaluación.

En su manual de evaluación, Carol Weiss, incluye un capítulo dedicado a cuestiones éticas, “Evaluar con integridad” y señala seis ideas fundamentales sobre cómo se debe realizar una evaluación ética en una sociedad democrática. Son las siguientes:

• Conocer el programa o política que se va a evaluar y su contexto.
• Mantener la alta calidad técnica y la relevancia del estudio de evaluación: la calidad en investigación se define en términos metodológicos. En evaluación, además, se debe asegurar que el estudio es relevante para la situación y el contexto concreto.
• Las elecciones de quien evalúa deben tener en cuenta: el tipo de información que quiere el cliente, los deseos y puntos de vista de otros agentes críticos, la naturaleza de las premisas del programa, las posibilidades de éxito de la evaluación y las oportunidades de que se incorporen los resultados al conocimiento profesional y a la opinión pública.
También tiene que ser sensible a los cambios que se produzcan en el contexto a lo largo del proceso de evaluación.
• Considerar la posibilidad de uso desde el principio: las conclusiones deben ser escuchadas, respetadas y aceptadas, ya que serán la base para la acción.
• Comportarse de forma ética a lo largo del estudio. A veces, las obligaciones éticas pueden llegar a ser contradictorias o entrar en conflicto; hay que procurar, sobre todo, no distorsionar y no dañar sensibilidades.
• “Sobrevivir y cosechar recompensas”: Con esta máxima, Weiss pretende demostrar que, a pesar de todas las demandas que se requieren del evaluador/a, la evaluación merece la pena ya que pretende mejorar la forma de abordar problemas públicos; es un trabajo que genera comprensión y mayor calidad de vida.

Patton vincula las cuestiones éticas a la naturaleza política de la evaluación “y a su poder.” Este autor plantea cuatro “máximas políticas” que deben seguir los equipos de evaluación, considerando de forma prioritaria su utilización:
• No toda la información es útil;
• No toda la gente es usuaria de información;
• Es más probable que la información dirigida al uso alcance el objetivo;
• Sólo la información creíble es poderosa en última instancia.
Es evidente que estas cuatro máximas tienen claras implicaciones éticas.
Finalmente, y como ejemplo de la importancia de las cuestiones éticas en la evaluación mencionamos el manual para evaluar proyectos de ayuda al desarrollo elaborado por la Agencia Noruega de Cooperación.

“La ética de la evaluación” expone los requisitos éticos y profesionales que debe cumplir el equipo evaluador:
• Sensibilidad cultural: estar familiarizados con las características culturales del colectivo o zona de intervención.
• Anonimato y confidencialidad: se debe respetar el derecho de los/as informantes.
• Responsabilidad en las evaluaciones: el equipo evaluador no debe realizar ninguna afirmación a menos que todos sus miembros hayan tenido la oportunidad de aprobarla o manifestar su desacuerdo con ella.
• Consideración con los informantes: avisar con tiempo y hacer un uso eficiente de su disponibilidad.
• Integridad y omisiones: quien evalúa tiene la responsabilidad de sacar a la luz cuestiones que no hubieran sido reflejadas en los términos de referencia.
• Evaluación de personas: la evaluación de proyectos no incluye normalmente la evaluación de personas; en todo caso, la función de las personas y no ellas mismas.
• Errores e infracciones: cuando se descubran errores habrá que evitar citar personas concretas en el informe.
• Convalidar la información con participantes y personas o entidades implicadas.
• Compartir los resultados: Se podrán hacer sesiones informativas y resúmenes de carácter no oficial, manteniendo la discreción respecto a los contenidos finales.
Fuente: Guía de Evaluación y Proyectos Sociales. Plataforma de ONG de Acción Social
Avda. Dr. Federico Rubio y Galí, 4. Local 28039 Madrid, España.

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